Confesión ardiente: Mi noche de pasión salvaje con el Ángel de la Muerte en Ecuador

Ay, Dios… Aún siento el calor en mi piel al recordarlo. Ecuador, finales de los 50, el hospital era un caos con la política inestable, pero yo, Adelina de la Torre, enfermera fresca y curvilínea, solo pensaba en Rafael Barras. Él, el doctor de la morgue, alto, delgado, pálido como un fantasma, el ‘Ángel de la Muerte’. Nos conocíamos de la facultad, comíamos juntos, bromeaba adivinando el color de mi sostén. ‘Hoy rosa, ¿verdad?’, me decía, y yo me reía, roja como tomate, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

Todo cambió esa reunión. Exhausta, me dormí en la sala de descanso. Desperté sin bragas, sangre y semen entre mis muslos. Violada. Bermúdez, ese cerdo gordo, quirófano estrella pero violador de enfermeras. Se lo conté a Rafael, llorando en el parque. Me abrazó, su pecho firme contra mis tetas. ‘Tranquila, Deli’, murmuró, y algo se encendió. Días después, en guardia nocturna, pizza y café, lo drogué como él me había drogado a mí. Lo seguí hasta el incinerador, scalpel en la nuque. Vivo aún, pero Rafael… él terminó el trabajo. Cenizas. Nuestro secreto.

La chispa que encendió el infierno

El mediodía soleado, en el parque, explotó. ‘¡Deli, sé mía!’, dijo, capturando mis labios. Su lengua invadió mi boca, manos en mi culo. Jadeé, ‘Rafael…’. Nuestros cuerpos pegados, mi coño mojado palpitando. ‘Te quiero dentro’, susurré, razón volando. Moto a su piso limpio. Me cargó a la cama. ‘Todo o nada’, gruñó.

Sus besos ardientes bajaron por mi cuello, chupando mis pezones duros. ‘¡Ay, sí!’, gemí. Manos everywhere, quitándome la ropa. Lamía mi vientre, mi pubis peludo. ‘Hueles a sexo, Deli’. Lengua en mi raja, clítoris hinchado. ‘¡No pares!’. Me corrí temblando, jugos en su cara.

Se desnudó, polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Chúpala’, ordenó. La tomé, salada, dura como hierro. La mamé profunda, garganta llena, él gimiendo ‘¡Joder, qué boca!’. Sesenta y nueve, mi coño en su cara, su verga en mi boca. Me corrió otra vez, tragando su leche espesa, olor fuerte a macho.

Explosión de placer y secretos oscuros

De rodillas en la cama, piernas abiertas. ‘Fóllame, Rafael’. Entró lento, abriéndome. ‘¡Estás tan apretada!’. Empujones duros, polla golpeando fondo. ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Sudor goteando, pieles chocando slap-slap. Agarró mi teta, pellizcando pezón. ‘¡Voy a llenarte de porra!’. ‘¡Sí, embarázame!’. Clímax brutal, gritando ‘¡Me corro! ¡Aaaah!’, él explotando dentro, semen caliente inundando mi útero. Olor a sexo puro, pegajoso.

Cambiando posturas: yo encima, cabalgando su polla, tetas rebotando. Perro, nalgadas rojas, ‘¡Eres mía!’. Dos, tres veces, exhaustos.

Tumbados, pegajosos de sudor y corrida. ‘Me has marcado todo’, reí, besándolo. ‘Explica lo de esa noche’, pedí. ‘Fingí diarrea, lo encontré, lo terminé. Tú empezaste, yo acabé. Cenizas por la salida del horno’. Boca abierta. ‘Somos uno’. Manos en mi culo, otra follada lenta. Cansancio dulce, su polla aún dura en mí. Recuerdo su calor, sabor, olor… Mi Ángel, mi verdugo, mi amante eterno. Aún tiemblo.

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