Confesión ardiente: El reencuentro con Fabián que acabó en sexo salvaje

Ay, Fabián… Después de lo del atentado, lo encontré en la capilla ardiente, destrozado. Sus ojos, hundidos en el dolor, me miraron como si yo fuera su salvavidas. Me tomó la cara con manos temblorosas, frías. Sentí su aliento caliente en mi piel, un roce que me erizó. Nos abrazamos fuerte, cuerpos pegados, sollozando. Su pecho contra mis tetas, latiendo desbocado. No era sexo aún, pero el calor subía, lento, traicionero.

Los días siguientes, nos veíamos a ratos. Venía a mi casa, exhausto de papeles y duelo. Hablábamos poco. Nos acurrucábamos en el sofá, piel con piel bajo la manta. Una noche, dormido en mis brazos, desabroché su camisa. Su torso desnudo, caliente, oliendo a hombre sudado. Puse la mejilla ahí, corazón retumbando. Él murmuró algo, acarició mi pelo. No despertó del todo. Más tarde, se quitó la ropa y se pegó a mi culo, duro contra mí. Al amanecer, ni lo mencionamos. Natural, como si siempre hubiéramos estado así.

La chispa que encendió el fuego

Mis reglas llegaron. Él lo notó, por mis pechos hinchados, el olor. ‘Sangre en mis bragas, como dice la canción’, bromeé. Hablamos crudo. ‘¿Qué quieres de mí?’, le pregunté, voz ronca. ‘Sentimientos nuevos, pero ecos del pasado’, dijo él, mirándome fijo. Yo: ‘Mis refusos se ablandan… Quiero follarte sin miedo al embarazo’. Él confesó: ‘No me pongo duro desde el atentado. Pero contigo, tiemblo’. La tensión crecía. Textos calientes: ‘¿Vienes esta noche?’. ‘¿Lista para mi polla frágil?’. ‘En mí, joder, en mí’. La razón se resquebrajaba. Hormonas a tope, coño palpitando.

Doce días después, explotó. Llamó a la puerta, ojos hambrientos. ‘No aguanto más’, gruñó. Lo arrastré adentro, besos furiosos. Lenguas enredadas, saliva mezclada. Le arranqué la camisa, uñas en su espalda. Él me bajó los pantalones de un tirón, bragas empapadas. ‘Estás chorreando, puta’, jadeó. Caímos al suelo, alfombra quemando rodillas. Su boca en mis tetas, mordiendo pezones duros. Gemí alto, ‘¡Sí, cabrón!’. Le chupé la polla, ya tiesa, venosa, salada. La tragué hasta la garganta, él gimiendo, manos en mi pelo.

Explosión de placer sin frenos

Me puso a cuatro patas, como perra. Entró de golpe, polla gruesa abriéndome el coño. ‘¡Joder, qué apretada!’, rugió. Embestidas brutales, piel chocando, sudor goteando. Olía a sexo puro, almizcle y fluidos. Mi clítoris hinchado rozando su saco. ‘Más fuerte, rómpeme’, supliqué, voz entrecortada. Él me azotó el culo, rojo al instante. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje. Tetas rebotando, uñas en su pecho. ‘Córrete dentro, no pares’, grité. Él: ‘Te lleno, zorra’. Orgasmos simultáneos, él explotando chorros calientes en mí, yo convulsionando, chorro mojando todo.

Después, exhaustos, tirados en el suelo. Cuerpos pegajosos, semen goteando de mi coño. Respiraciones calmándose, lentas. Sonreímos, besos suaves. ‘Ha sido… joder, perfecto’, murmuró, acariciando mi pelo revuelto. Yo: ‘Nunca lo olvidaré, este calor tuyo dentro’. Fatiga feliz, músculos temblando. Nos dormimos enredados, pieles aún ardiendo. Al día siguiente, el recuerdo quema: su polla palpitando, mis gemidos, ese olor a nosotros. Me cambió. Ahora, vivo mis deseos sin tabúes.

Leave a Comment