Ay, chicas… no sé por dónde empezar. Soy Ana, 32 años, casada con Pablo desde hace tres. Él es mi héroe, ¿sabéis? Me salvó la vida una vez, literal, pero eso es otra historia. Hoy os cuento lo que pasó hace dos días. Estaba en ese hotel cutre, con el corazón latiéndome como un tambor. Marcos, el tipo ese del metro que no me quitaba los ojos de encima. Nos cruzamos miradas, y pum, ese vacío entre las piernas. Me tocaba toda la noche pensando en su polla.
Llegué temblando. ‘¿Estás segura?’, me dije en el espejo del baño. Olía a su colonia fuerte, a macho. Se acercó por detrás, su aliento caliente en mi cuello. ‘Ana, relájate’, murmuró, rozándome los pechos por encima del vestido. Sentí sus dedos duros, la piel ardiendo. Mi coño ya chorreaba, empapando las bragas. Intenté resistir, por Pablo, por todo. Pero su mano bajó, metiéndose entre mis muslos. ‘Estás mojada, puta’, dijo riendo bajito. Me giré, lo besé con furia. Sus labios ásperos, su lengua invadiendo mi boca. La razón… se fue a la mierda.
La tensión que me volvió loca
Sus manos me arrancaron el vestido. Quedé en tanga, tetas al aire. Me miró como si fuera su cena. ‘Joder, qué buenas estás’. Me empujó contra la cama, lamiéndome el cuello, bajando a mis pezones. Los chupaba fuerte, mordisqueando. Gemí, arqueándome. ‘Pablo… no’, pensé un segundo, pero su dedo ya entraba en mi coño. Estaba tan resbaladizo, tan abierto. Dos dedos, tres. Me follaba con la mano, rápido. Mi clítoris hinchado, palpitando. ‘Fóllame ya’, supliqué. No aguantaba más.
Me puso a cuatro patas. Sentí su polla enorme contra mi culo. Gruesa, venosa, goteando precum. ‘¿La quieres?’, gruñó. ‘Sí, métemela toda’. Empujó de golpe. Ay, Dios, me partió en dos. Su polla llenándome hasta el fondo, chocando contra mi cervix. Olía a sexo puro, sudor y coño mojado. Me embestía como un animal, pellizcándome las tetas. ‘Tu coño es mío ahora’, jadeaba. Yo gritaba: ‘Más fuerte, joder, rómpeme’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo. Sus bolas contra mi culo, rebotando. Me corrí primero, chorros salpicando su vientre. Él no paró. Me volteó, me abrió las piernas como una puta. Lamía mi clítoris mientras metía dedos. Otra corrida, temblando toda.
El polvo brutal sin frenos
Me puso de lado, levantó mi pierna. Entró de nuevo, profundo. Su sudor goteando en mi piel. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro no, cabrón’, pero ya estaba. Caliente, llenándome el coño de leche. Se quedó quieto, palpitando dentro. Salimos juntos, chorreando por mis muslos. Caímos exhaustos, jadeando.
Ahora, en casa, con Pablo durmiendo al lado. Mi coño aún duele, marcado por su polla. La culpa me come, pero… qué polvo. Ese olor a semen pegado a mi piel, el recuerdo de sus embestidas. ¿Volveré? No sé. El deseo manda, chicas. Me excita solo contároslo. Ay, qué puta soy.