Confesión ardiente: Cómo seduje a Oulmar en el río con mi coño en llamas

Acababa de volver de la caza, Oulmar. Éxito total, jabalíes pinchados en las picas. Mi cuerpo ardía de orgullo por él. Pero yo quería más. Quería que fuera mío. Le dije a mi hermana pequeña que lo avisara en secreto: ‘Zaya te espera en el río’. Ella susurró, pero Myar, ese cabrón, oyó.

Nos bañábamos las cuatro, desnudas. Agua fresca corriendo por nuestras pieles. Mis tetas pesadas brillaban al sol, doradas, listas para morder. Mi coño ya palpitaba, húmedo solo de pensarlo. Llegó Oulmar, quitándose el taparrabos. Su polla tiesa, gruesa, huevos hinchados. ‘¡Zaya!’, gruñó. Pero detrás, Myar. Polla monstruosa, más larga, más gorda. ‘¡Mía primero!’, rugió.

La chispa inicial y la tensión que explota

Oulmar gruñó, avanzó. Myar lo esperaba, musculoso, enorme. Pelea desigual. Pero el jefe prohíbe luchas internas. Oulmar se sentó, cediendo. Myar se acercó a mí, ojos fijos en mis curvas. ‘¡Ven, puta!’, ordenó. Yo gruñí no. Me agarró el brazo. Con el otro libre, le di un golpe. Desequilibrado. Llamé a las chicas: ‘¡Ahora!’. Nos echamos encima. Golpes, uñas, mordiscos. Una cogió una piedra para reventarle la cara.

‘¡No!’, gritó Oulmar. Paramos. Myar, humillado, huyó gruñendo odio. La tensión… uf. Insoportable. Mi coño chorreaba. Sudor en la piel, aliento corto. ‘Oulmar… míranos’, jadeé. Nos pusimos a cuatro patas, lado a lado. Culazos arqueados hacia él. Ondulando lento. Yo no necesitaba saliva; mis jugos corrían por muslos, oliendo a hembra en celo. Él olfateó el aire. Mi olor lo volvió loco. Razón rota. Se arrodilló detrás de mí.

Su nariz en mi culo. Inspiró profundo. ‘Huele… tan jodidamente rico’, murmuró. Lengua fuera, lamió mis labios hinchados. Calor de su aliento. Sabía a sal, a sexo. Lamía mi clítoris, chupando fuerte. ‘¡Ay, Dios… sí!’, gemí. Cuerpo temblando. Sudor mezclado con mis fluidos. Quería más. Sus manos abrieron mis nalgas. Lengua dentro del coño, follando con ella. Yo empujaba atrás, restregando. ‘¡Lame más hondo, amor!’. Él gruñía, polla goteando pre-semen.

El acto brutal: lamidas, follada y corrida salvaje

No aguantaba. Quería mear. Me solté un chorro. Caliente, salado. Él paró un segundo… luego bebió todo. ‘¡Tu pis… delicioso!’, jadeó. Mezclado con mi crema. Ahora sí, insoportable. Se puso de pie. Polla roja, venosa. Apuntó a mi entrada. ‘¡Te voy a follar como una bestia!’. Empujó. Gruesa, estirándome. ‘¡Joder, qué apretada!’, rugió. Yo: ‘¡Sí, rómpeme el coño!’. Follando salvaje. Piel contra piel, chapoteos. Sus huevos golpeando mi clítoris. Sudor chorreando. Olía a sexo puro, almizcle.

Cambié ritmo, apretando paredes. Él gemía: ‘¡No… aguanto!’. Yo: ‘¡Córrete dentro, lléname!’. Bombeó más fuerte. Mis tetas balanceándose. Gritos míos, cortos: ‘¡Ah! ¡Ah!’. Su polla hinchada. ‘¡Me corro!’. Chorros calientes, inundándome. Semen espeso, goteando fuera. Colapsó sobre mí, jadeando. Polla aún pulsando.

Se retiró. Yo me tumbé boca arriba, piernas abiertas. Lágrimas de gozo. Sol calentando mi piel empapada. Él miró a las otras tres. ‘Ahora vosotras’, gruñó. Las folló una a una. Yo no sentía celos. Solo felicidad. Cansancio dulce nos invadió. Abrazados después, río susurrando. Su mano en mi coño lleno. ‘Eres mía, Zaya’. Sonreí. Recuerdo quema aún: su lengua, su polla, mi orgasmo eterno. Esa noche cambió todo. Oulmar, mi jefe. Mi macho.

Leave a Comment