Confesión ardiente: Mi siesta prohibida follada en Provenza

Ay, chicas, no puedo guardármelo más. Soy María, de Sevilla, pero vivo en París con mi francés, Pablo. Nos conocimos de golpe, como un rayo. Él, alto, ojos verdes, me miró y ya estaba. Cena esa noche, manos entrelazadas, pero nada más. Al día siguiente, su voz al teléfono… uf, me derretí. Cine, beso en la oscuridad. Poco a poco, cedí. Se mudó conmigo en una semana. Ahora, un año casados, puro fuego.

Este verano, mas provenzal perdido en la garrigue. Muros ocres, persianas azules, calor que ahoga. Dormimos desnudos, ventana abierta, luna testigo. Hoy, Pablo sale a caminar tras el almuerzo rosado. ‘Vuelvo en tres horas, amor’, dice. Yo, siesta. Me tumbo en la cama, piel sudada, tetas pesadas, coño ya un poco húmedo del calor. Piernas abiertas, brisa ligera… paz.

La chispa inicial y la tensión que estalla

Oigo crujir la persiana. Abro un ojo. Un tío, moreno, sudoroso, randonneur. Entra sigiloso por la ventana, ojos clavados en mí. ¿Quién coño eres? Pienso. Pero no grito. Su piel brilla, olor a hombre, a tierra caliente. Se acerca lento. ‘Perdona…’, murmura, voz ronca. Toca mi muslo. Calor de su palma, áspera. Me estremezco. ‘No… espera…’, digo flojo, pero abro más las piernas. Su mano sube, roza mi cadera, fosas. Mi coño palpita, moja las sábanas. Él jadea, ‘Dios, qué guapa…’. Yo, muda, pezones duros. Sus dedos en mis tetas, pellizca suave. Respiro corto, ‘Ay… no pares’. Tensión insoportable. Mi razón grita ‘¡Pablo!’, pero el deseo manda. Lo agarro del cuello, beso salado. Polla tiesa contra mi vientre. Se acabó, follemos.

El polvo brutal: pasión roja y sin frenos

Me voltea como un trapo. Boca en mi cuello, mordiscos. Baja, lame tetas, succiona pezones hasta doler rico. ‘Joder, qué tetas’, gruñe. Yo arqueo espalda, ‘Más… chúpame abajo’. Separa mis labios, lengua en clítoris. Chupa fuerte, dedos dentro, revuelve mi coño empapado. Gimo alto, ‘¡Sí, cabrón, así!’. Olor a sexo inunda, mi jugo en su barbilla. Me corro rápido, temblores, ‘¡Me vengo!’. No para. Polla enorme, venosa, sale. ‘Chúpala’, ordena. La trago, salada, dura como piedra. Cabeza va y viene, garganta llena, babeo. Él gime, ‘Puta madre…’. Me pone a cuatro, nalgas abiertas. Escupe en mi ano, dedo juguetón. ‘No, ahí no… espera, sí’. Pero entra polla en coño de un golpe. ‘¡Aaaah!’, grito. Folla brutal, pellizca nalgas, cachetadas. Sudor gotea, pieles chocan, plaf plaf. ‘Tu coño aprieta tanto…’, dice. Yo, ‘Fóllame más duro, rómpeme’. Cambia, misionero, piernas en hombros. Polla toca fondo, útero. Besos babosos, mordidas. Truenos fuera, tormenta. Lluvia azota, persianas claquetan. Nos follamos como posesos, él acelera, ‘Me corro…’. ‘Dentro, lléname!’, suplico. Calor explota, semen caliente inunda mi coño. Yo otra vez, uñas en su espalda.

Sale rápido, beso fugaz, ‘Gracias, diosa’, salta ventana. Tormenta ruge. Me dejo caer, cuerpo tembloroso, coño goteando leche y jugos. Olor fuerte a sexo, sábanas empapadas. Fatiga buena, músculos flojos, sonrisa tonta. Pablo llega, empapado. ‘¡Amor!’, sonrío, abro brazos. Se desnuda, me abraza. Su piel fresca contra mi calor pegajoso. Lluvia pasa, sol filtra persianas, acaricia nuestros cuerpos enredados. Él no sabe, yo guardo secreto. Pero revivo cada embestida, el sabor de su polla, el llenado ardiente. Uf, qué polvo. Aún me mojo recordándolo.

Leave a Comment