Confesión ardiente: Atada con cadenas y cuerdas en una noche de sexo brutal

Eran las siete de la tarde. Acababa de llegar a casa, mi marido Pablo me dio un beso rápido y subió a la habitación con una excusa tonta. Bajó como si nada, pero yo ya conocía sus jueguecitos. Cenamos tranquilos, vimos una peli antigua en el sofá, yo acurrucada en su pecho fuerte, oliendo su piel cálida. El calor subía poco a poco, sus manos rozándome la cintura…

Subí primero a la cama. Ahí estaba: el abrigo de pelo sintético azul sobre las sábanas, y encima unos medias negras autofijables, brillantes como látex. Sonreí. Me quité todo, me puse las medias que me apretaban las piernas, y el abrigo abierto, dejando mi coño peludo a la vista. Me arrodillé en la cama, esperando. Él entró, ojos brillantes. ‘Joder, qué visión, amor’. ‘¿Te gusta esta piel falsa?’, le dije, abriendo más el abrigo, mostrando mis tetas pesadas y mi monte de Venus oscuro.

La chispa inicial y la tensión insoportable

Se acercó, me miró devorándome. ‘Eres una puta deliciosa’. Me bajó del pelo, me palpó la polla dura bajo los pantalones. ‘Oh, qué polla tan grande tienes, lobo’. Nos besamos con furia, mordiéndonos labios, lenguas enredadas. Bajó por mi cuello, lamió mis orejas, llegó a mis tetas. Chupó un pezón como loco, succionando fuerte, casi me duele pero me moja el coño. ‘Ah… sí…’. Manoseó el otro pecho, lo apretó, lo mordió suave. Olía a sexo ya, mi humedad empapando las medias.

De rodillas, hundió la cara en mi coño. Lamía mis labios, aspiraba mi clítoris hinchado. ‘¡Dios, qué rico!’. Me abrió las piernas, metió la lengua profunda, mordisqueando. Pasó al culo, rozando mi ano con el dedo. ‘¿Qué haces?’. ‘Nada especial, con la boca llena…’. Reí, pero la tensión era brutal. Me vendó los ojos con una corbata, me tumbó en la cama, piernas abiertas. Sentí la cámara, pero no dije nada. La sorpresa me ponía a mil.

Sacó la cadena dorada fría. La dejó caer sobre mis tetas, erizos por el frío metálico. La frotó en mis pezones duros, luego bajo un pecho, enroscándola como un collar apretado. ‘Práctico para atarte las tetas, ¿eh?’. Tiró, hinchándolas hasta que dolían de placer. Mordió el pezón, tiré la cabeza atrás. Luego las cuerdas. Me ató manos y pies al cabecero, piernas bien abiertas, coño expuesto como una autopista. Pasó cuerda por mi cintura, hombros, y entre las piernas, encajándola en mi raja mojada. Dos cuerdas me partían el coño y el culo. ‘Me ficelas como un asado’. ‘Te voy a cocinar bien, puta’.

El acto salvaje y el contrecoup feliz

Hizo ochos alrededor de mis tetas, apretando bases y medios. Se pusieron moradas, apuntando al techo como misiles. ‘¡Ay! Duele… pero joder, qué rico’. Pinzas en los pezones: pinchazo agudo, grité. Se tumbó sobre mí, aplastando mis tetas sensibles con su pecho velludo. Me besó salvaje. Forzó su polla gorda en mi coño, a pesar de las cuerdas que me cortaban. ‘¡Aaaah!’. Embistió profundo, yo gritando, mezcla de dolor y éxtasis. Dedo en mi culo seco, lo clavó fuerte. ‘¡No! ¡Sí! ¡Joder, sí!’.

‘¡Trátame como a una zorra!’. Mordió una pinza, sacó dedos, metió cadena en mi coño, maillones fríos rellenándome. Luego en el culo, empujando sin piedad. ‘¡Estás loco!’. Me llenó por delante y detrás, tirando de la cadena que salía de mi ano rojo. Refijó la pinza, se hundió otra vez en mi coño atestado. Pistoneaba furioso, tirando cadena que rozaba mi clítoris y labios. Ondas de placer-dolor me subían, estrellas en los ojos. ‘¡Voy a reventar! ¡Fóllame más!’. Explosión total, luz blanca, grité palabras sucias, me perdí en el abismo. Él corrió dentro, gruñendo.

Desperté flotando, exhausta. Pablo apagó la cámara, me desató despacio. Marcas rojas en piel, tetas hinchadas, pezones rojos. Me miró tierno, me arropó. ‘Ha sido… increíble’. Sonrió, se derrumbó a mi lado. Mañana veremos el vídeo, piel contra piel. Recuerdo el olor a sexo, el frío de la cadena, su polla partiéndome… Me mojo solo de pensarlo. Quiero más.

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