Estaba en ese bar cutre de Hong Kong, oliendo a cerveza rancia y humo. Yo, con el cuerpo aún caliente del último curro, sangre y pólvora pegados a la piel. Me senté, pedí un whisky. Ahí estaba él, Daniel, con ojos tristes, perdidos en su vaso. Nuestras miradas chocaron. Bum. Algo me recorrió el espinazo, directo al coño. Se me humedeció en segundos. ¿Por qué este tío? No era un Adonis, pero su mirada… me ponía a mil.
Me mordí el labio. Él me devoraba con los ojos. El corazón me latía fuerte, el calor subía por el pecho. ‘Buenas noches’, murmuró. ‘Buenas’, respondí, voz ronca. Silencio. Pesado. El aire cargado de tensión. Sentía mi tanga empapada, los pezones duros rozando la blusa. No aguantaba más. Me levanté, fui al baño de mujeres. Sabía que me seguiría. Empujé la puerta, entré en una cabina abierta. Esperé, jadeando. La puerta crujió. Ahí estaba.
La chispa que enciende el fuego
‘Venga, rápido’, le dije. Entró, me aplastó contra la pared. Nuestros labios chocaron, húmedos, salvajes. Lenguas enredadas, saliva mezclada. Su aliento caliente en mi boca. ‘¿Qué coño me pasa?’, rio nervioso. ‘Calla’, le chisté, metiendo el dedo en su boca. Lo chupó, y un escalofrío me bajó al clítoris. Sus manos en mi culo, apretando fuerte a través del pantalón. Yo le metí la mano bajo la camiseta, palpando su pecho duro. Otro beso, más feroz. Bajó la cabeza, me besó el cuello, el hombro. Levantó mi camisa, desbordó mis tetas del sujetador. Eran redondas, altas, perfectas. Las lamió, las succionó. ‘Sí… chúpamelas…’, gemí, mordiéndome el labio.
Su lengua en mis pezones, mordisqueando suave. Saliva chorreando, brillando. Mi coño ardía, palpitaba. Su polla dura contra mi muslo, enorme. ‘No aquí… al hotel’, jadeó. ‘Sí, el de la esquina’. Salimos, corrimos. En la habitación, puertas cerradas, nos arrancamos la ropa. Desnudos. Su cuerpo firme, mi piel morena sudada. Me tiró en la cama, abrió mis piernas. ‘Estás chorreando’, gruñó, oliendo mi coño. Hundió la cara. Lengua en mi clítoris, lamiendo mis labios hinchados. ‘¡Joder, sí! Come mi coño…’. Dos dedos dentro, curvados, tocando mi punto G. Gemí alto, arqueándome. Él chupaba fuerte, sorbiendo mis jugos. Olor a sexo puro, almizclado.
Explosión de placer sin frenos
No aguanté. ‘Fóllame ya’. Se puso un condón, polla tiesa, venosa, gorda. Me penetró de un golpe. ‘¡Aaaah! Qué polla gorda…’. Embestía brutal, piel contra piel, chapoteo húmedo. Mis tetas botando, uñas en su espalda. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme el coño’. Sudor goteando, alientos cortos. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo. Su polla hundiéndose hasta el fondo. Rebotaba, clítoris frotando su pubis. ‘Me vengo… ¡me vengo!’. Explosión, coño contrayéndose, chorros calientes. Él gruñó, corriéndose dentro, llenándome.
Caímos exhaustos, jadeando. Cuerpos pegajosos, sudor y semen. Lo abracé, su piel caliente contra la mía. ‘Ha sido… increíble’, murmuró. Sonreí, besándolo suave. El corazón aún acelerado, coño palpitando feliz. Ese polvo me salvó esa noche. Aún lo siento, el olor, el calor, su polla rompiéndome. Quiero más.