Confesión: Mi noche salvaje con Papá Noel en casa de mi hija

Las fiestas de fin de año siempre son iguales… pero esta vez, decidí pasar la Nochebuena con mi hija Marion, en su casa de piedra en Thonon. Viuda y sola, éramos el dúo perfecto. Llegué el miércoles, con la cabeza llena de líos: el agente inmobiliario hablando de casas en Pontarlier y mi editor anunciando mi primer libro digital. Pero esa noche, todo cambió.

Cenamos juntas, nos arreglamos con discreción. Yo, con una falda negra abierta por el lado, medias hasta medio muslo, blusa blanca ajustada y tacones altos. Un collar de perlas que siempre hace que Marion alce la ceja. Brindamos, abrimos regalos a medianoche: le di un cheque con muchos ceros y el collar; ella, un reloj y perfume. Pensamos en él, su padre, mi ex. Luego, su móvil sonó. Su amigo Daniel la invitó al parque. Se sonrojó, balbuceó excusas y se fue. Me quedé sola con champán y una peli, ‘Ocho mujeres’.

La llegada que enciende la chispa

A las tres de la mañana, la puerta. Pensé en Marion, pero… ¡un Papá Noel rojo en la nieve! Reí, temblando de frío con mis piernas al aire. ‘¿Qué disfraz es este?’, dije. Sacó un cuaderno: ‘Soy el verdadero Papá Noel, Sabine. Tengo regalos para ti’. Sesenta años, ojos cansados, barriga grande, barba perfecta. Mi corazón latió fuerte. ‘Entra, hace frío’, murmuré, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa.

Adentro, dejó la saca y miró mis piernas con hambre. Fui a la cocina por café, volví y lo encontré junto al árbol, dejando paquetes infinitos. ‘De tus lectores, sobre todo de Raymond’, dijo. Se sentó en el sillón, incómodo. Le serví café, me incliné, mis tetas D casi saltando del escote. Él tragó saliva. Me senté cerca, piernas desnudas sobre el cuero. Sus ojos bajaban a mi pecho, a mis manos. La tensión crecía, el aire espeso. Mi coño empezaba a humedecerse. ‘¿Qué esperas?’, pensé. Él dudaba. Me levanté, desabotoné la blusa despacio y se la tiré. Sus ojos se clavaron en mis tetas. Las acaricié, moviendo caderas. Él se tocaba por encima del pantalón. La razón se fue al carajo.

Me quité el sujetador, tetas libres, pesadas. Él se bajó el pantalón: polla grande pero floja aún. La mía chorreaba. Le prohibí tocar mis tetas, yo las amasaba. Él se pajeaba furioso. Levanté la pierna, tacón en el sofá, mi muslo contra su polla. Frotó el glande en mi media, perlas de precum salpicando el nailon. Lamí las gotas con el dedo. Su aliento caliente en mi cara, olor a hombre viejo y excitado. Su polla creció, dura como piedra contra mi vientre.

Explosión de placer sin frenos

‘Siéntate, no te muevas. Te voy a vaciar las sacas’, jadeé. Me abrí el tanga, toqué mi clítoris hinchado. Él se masturbaba viéndome. ‘Sabine, esta noche es la peor… todas las mujeres me quieren follar’, gruñó. ‘¿Cuántas vas a hoy?’, pregunté, frotándome más. ‘Veinticinco superfolletes. Tú eres la sexta’. Mi dedo volaba en mi coño. Él rugió: ‘¡No aguanto! ¡Te doy tu regalo ya!’.

Le plaqué la polla con el pie, la golpeé contra mi tacón. Luego, abrí las piernas: ‘Lámeme’. Su lengua entró voraz en mi coño, chupando jugos, mordiendo labios. Gemí alto, moviendo el culo. Me corrí gritando, abriéndome las nalgas para él. Luego, su polla en mi boca: enorme, salada. La tragué entera, tetas colgando, él las apretó con manos ásperas. Chupé feroz, hasta que dolió.

Me puse a cuatro, él lamió mi culo. Luego, cabalgué: su polla rompió mi coño, hasta el fondo. Reboté, él me pilló las tetas, pero pronto folló él, aporreando. Mis tetas saltaban locas. Sonó su móvil, ignoró. Me puso boca arriba, polla entre tetas: la follé con ellas, calientes y sudadas. Él eyaculó: chorros en mi garganta, cara, ojos, pelo. Caliente, pegajosa, olor fuerte a semen viejo. Lamí un poco, glotona.

‘Sabine, me voy, la ruta sigue’, dijo vistiéndose. ‘Hasta el año que viene’. Se fue con la saca. Me duché rápido, limpié todo antes de que volviera Marion. Ahora, sola en la cama, revivo el olor de su polla, el calor de su semen en mi piel. Fatigada, feliz, con el coño palpitando aún. Qué noche… inolvidable.

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