Confesión ardiente: la noche de San Juan que me folló como un animal

Apoyo mi mano arrugada en el viejo aparador de madera, miro las fotos. Toda mi vida ahí: hijos, nietos, bisnietos. Sonrío, serena.

—¿Vienes a la cama, Antonia?

La chispa que enciende el fuego

—Llego ya, Juanito. Un momento.

Aparece en la puerta, se acerca despacito. Me abraza por detrás, su mano áspera en mi hombro frágil. Me acurruco contra él, como siempre. Río mirando nuestra foto de boda.

—Cuánto hace que no tengo esa figura… ¡y me quejaba!

Él ríe bajito.

—Ya no tengo veinte, perdí mis pectorales que tanto te gustaban. Pero te quiero más ahora, Antonia. Mucho más.

Me giro, beso su mejilla fría. Caminamos a la cama, yo con bastón, él apoyado en la pared. Me quita la bata raída, se quita la suya. Se mete en las sábanas de franela suave por el uso. Me bloto contra su pecho, pelo blanco en su brazo.

De pronto, río temblorosa.

—¿Recuerdas esa Noche de San Juan, mi Juan?

Gruñe, cierra los ojos.

—¿Esa? ¿Cómo olvidarla? Estabas preciosa… yo un bruto.

Sus dedos buscan los míos bajo las flores del edredón. Recuerdo los fuegos en el prado del padre Inés. Fosas cavadas, mesas, cochinillos asándose. Corrimos por campos por flores: trébol, claveles, arándanos en mi corona. Vestido nuevo bordado igual.

Él sonríe.

—Lo noté todo. Pero pasaste la noche con ese idiota de Sergio.

Río fresco, como a los 16.

—Tú no parabas de mirarme, ¡tenía que distraerme! Odiaba estar quieta.

—Sergio, ¡el peor!

—Solo ayudaba a Marie con él. Pero tú… tu mirada celosa. Caminabas como toro furioso. Ojos oscuros, como pinos. Me ponía cardíaca. Sabía que te tenía.

Se ensombrece, me aprieta.

—Te habría matado si…

Río.

El clímax brutal y el afterglow

—Lo vi venir. Me mojé solo de pensarlo. Provocarte fue lo mejor. Quería más que besos robados. Te quería a ti, follándomela ya.

Suspira, besa mi cuello. Tensión sube. Su aliento caliente en mi piel. Corazón late fuerte. Manos tiemblan. Razón se va.

—Déjame mostrarte lo que aprendí, Antonia.

Besa suave, detrás oreja. Desliza a camisón. Ojos brillan. Ecarte sábanas, me desnuda lento. Miro su mirada hambrienta. Ruborizo como niña. Piel suave donde sol no tocó: hombros, tetas pequeñas, vientre, muslos.

—Sigues guapísima.

Río.

—Mientes bien. Quítate eso, déjame verte.

Se saca camisa, la tiro. Manos en su pecho ancho, vello pincha. Gime bajito. Nos besamos devotos, manos exploran. Lenguas lentas, húmedas. Olor a nosotros, sudor viejo y deseo nuevo.

Se desliza en mí. ¡Dios! Su polla dura, gruesa, entra despacio. Estoy empapada, coño apretado aún. Gimo. Brazos alrededor. Él besa hombros, cuello. Chatouille deliciosa. Río y suspiro.

—Fóllame fuerte, Juan. Como aquella noche.

Acelera. Polla me parte, roza clítoris. Huelo a sexo, sudor, pino dulce. Muslos chocan, piel calientes pegajosas. Me muerde cuello, succión marca. Grito placer. Ondulo, aprieto.

—Tu coño… tan rico, tan mío.

Empuja brutal, como toro. Tetas rebotan, pezones duros rozan vello. Dedos clavan caderas. Jadeos cortos, ahogados.

—Córrete conmigo, amor. Lléname.

Exploto primero, coño palpita, jugos chorro. Él gruñe, polla hincha, semen caliente inunda. Galope loco, eternidad.

Caemos exhaustos, sudorosos. Abrazados, respira agitado contra mi pelo. Risa cansada.

—75 años y sigues follándome como bestia.

Besa frente.

—Y tú, mi trébol, me capturas siempre.

Fatiga feliz. Recuerdo grange, foin picante, primera vez salvaje. Pérdida virgindad en rabia celosa. Ahora, amor maduro, igual fuego. Suspiro, duermo en su pecho. Eternos.

Leave a Comment