Dios, aún tiemblo al recordarlo. Fue en Niza, hace unas semanas, en esa playa de guijarros calientes bajo el sol de julio. Yo, con mi bikini diminuto, boca abajo leyendo, el lazo del top suelto rozándome la piel. Sudor perlando mi espalda, el olor a sal y crema solar mezclándose en el aire. De repente, noto ojos clavados en mí. Levanto la vista… un tipo a unos metros, cámara en mano, disimulando pero filmándome cada vez que me incorporo y un pecho se escapa juguetón, blanco y tieso.
Mi marido llega, se quita los vaqueros, se tumba a mi lado. El desconocido se va, pero reaparece en el paseo. Lo aborda, charlan… inglés torpe, francés mío. ‘¿Quieres filmarme?’, le dice mi marido riendo. Yo sonrío, nerviosa, el corazón latiéndome fuerte. ‘Vale… pero solo un poco’. Bajo el sombrero enorme, saco los pechos, los aprieto, los ofrezco. Sus pezones duros como piedras, el aire fresco erizándolos. La cámara zumba, y siento la humedad entre mis piernas creciendo.
La chispa que encendió el fuego
Quince horas, bajamos del hotel Westminster. Faldita de tenis cortísima, sujetador de ciudad que apenas tapa nada, medias color carne con liguero escondido. Camino contoneándome, gente girándose, miradas hambrientas. ‘Tengo unas medias negras sexys en el coche’, dice él. Río, levanto la falda en plena calle: ‘¡Ya llevo liguero, mira!’. Muestro la piel suave del muslo, el encaje mordiendo. En el coche, subo delante, piernas abiertas, braga rosa asomando húmeda.
Vamos al collado, naturaleza salvaje. Bajo, me agacho al maletero por las Ray-Ban, culo en pompa, braga clavada en el coño. Extiendo la toalla en la colina, posando piernas largas, flexionándolas, abriéndolas. Me bajo los tirantes despacio, pechos puntiagudos saliendo, los masajeo, salto para que reboten. Cambio las medias por las negras, frotándome el coño por encima de la tela. No me la quito, pero enseño nalgas firmes, redondas. Segunda cinta acaba. Y entonces… mi marido saca su cámara. Echaos las piernas, tiro la braga: coño depilado, labios rosados hinchados, clítoris palpitante. Mano derecha ahí, frotando lento, jadeos saliendo solos.
La tensión explota. Él me mira, señala al desconocido: ‘Ve’. Me acerco temblando, beso su cuello salado, su mano en mi muslo sube, roza mi coño chorreante. ‘Lame mi coño’, gimo en inglés roto. Boca en mi raja, lengua hurgando profundo, saboreando mi jugo dulce y salado. Gimo fuerte, ‘¡Sí, chúpame el clítoris!’, cadera ondulando, pechos apretados por mis manos. Su aliento caliente, mi sudor goteando en su cara.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
Razón muerta. Él se desnuda veloz, polla dura, venosa, goteando. Yo guío esa verga gruesa a mi entrada, ‘¡Fóllame ya!’. Se hunde en mi coño apretado, caliente, resbaladizo de miel. Bombeamos salvaje, tetas rebotando, besos babosos. Veo un movimiento: un voyeur asomado, polla en mano. Me excita más, aprieto piernas alrededor de su cintura. ‘¡Me corro!’, grito agudo, coño contrayéndose ordeñándolo. Él eyacula dentro, leche caliente llenándome, desbordando por muslos.
Inerte, jadeante. Mi marido susurra, me pongo a cuatro, culo alto, ano expuesto. Lubri… dedo entrando suave, gimiendo ronca. Dos dedos, dilatándome, placer anal quemando. ‘¡Métemela en el culo!’, suplico. Su polla empuja, rasgando delicioso. Me corro otra vez, gritando, cabeza echada atrás, mientras su semen me inunda el recto. Leche mía y suya chorreando piernas.
Camino de vuelta, pezón fuera del sujetador, indiferente. Paramos en un bar, miradas de tíos babeando. Fatiga dulce, cuerpo pesado de placer, coño y culo palpitantes. En el hotel, nos despedimos con direcciones. Felicity, me llamo. Aún huelo a sexo, a nosotros tres. Mañana… ¿repetimos?