Confesión ardiente: Mi orgasmo salvaje en la librería Moby Dick

Ay, chicas… Aún tiemblo al recordarlo. Soy Penélope, la de la librería Moby Dick. Después de aquella primera vez que me corrí como una loca frente a Octavio, mi jefe, huí avergonzada. Pero volví al día siguiente. Él no me dejó ni disculparme. ‘Fue maravilloso’, dijo con esa sonrisa pícara. Tomamos cafés, fumamos, y terminamos riéndonos a carcajadas de mi ‘gran vergüenza’. Él lo contó todo exagerado: mis pechos como ubres hinchadas, mis gemidos como aullidos de loba… Yo reí hasta llorar. Pero bajo esa risa, sentía el calor entre las piernas. Sus ojos verdes me devoraban.

Cuatro meses después, el salón de lectura estaba listo. Mi idea: lecturas eróticas los viernes. Él se apuntó. Esa noche, sola con él probando, me subí al estrado. Vestida con camisa suelta, sin sujetador, pezones duros rozando la tela, falda corta y medias negras. Leí ‘El balcón de monsieur A’. Juliette se exhibía, tocaba sus tetas, pedía pinzas… Mi voz se quebraba. Sentía mi coño empapado, el tanga pegado. Miré a Octavio: ¿tenía la polla dura bajo los pantalones? Seguí leyendo. Juliette se abría el culo, se follaba con un pilon… Dios, yo quería eso. Paré, jadeando. ‘Pausa’, dijo él, sacando su pipa. Fuera fumamos en silencio. Volví, leí más. Esta vez, una historia tímida pero caliente. ‘Quiero verlo…’, murmuré, ojos en su entrepierna. Él sacó Moby Dick, flojo al principio. Me excité más. Abrí las piernas un poco. Él dudaba. ‘¿No te gusta?’, pregunté. ‘Es que la otra vez luchabas por no correrte… Me volvía loco’. Suspiré. ‘Estoy más cachonda aún… Déjalo ser’.

La tensión que me consumía

Pero la tensión explotó. Desabotoné la camisa, mostré mi vientre. Moby Dick despertó lento, hermoso. ‘Ya no quiero leer…’. Me toqué los pechos, pezones como piedras. Él agarró su verga con dos manos. Dios, qué monstruo. Me metí la mano en el tanga, dedos en mi coño chorreante. ‘¡Octavio!’. Me corrí fuerte, feo, un chillido gutural. Él limpió su pre-semen. ‘No, déjalo libre…’. Hablamos, whisky, cigarrillos. Propuse un trato: ‘Muéstramela y quito el tanga’. Él accedió. Me puse de pie, bajé el tanga lento por las medias, lo dejé en la mesa húmedo. Volví a sentarme, piernas abiertas. Él se pajeaba viéndome. ‘Estoy empapada… Tócalo’. Olía su aroma, tocó mi humedad en la tela. Me corrí de nuevo tocándome.

El clímax brutal y el después

‘Quítate todo’, le ordené. Desnudo, polla tiesa. Yo abrí la falda, pierna sobre el brazo del sillón, tetas fuera, pellizcando pezones. ‘Córrete para mí’. Él bombeaba. Levanté la falda del todo, coño depilado rubio brillante, clítoris hinchado. Gemí, me abrí más, ano expuesto glótico. ‘¡Mira mi chatita mojada, mi culito!’. Él gruñó, leche salpicando. Yo exploté: chorros calientes en muslos, asiento, squirt brutal. ‘¡Me corro, Octavio! ¡Mi coño explota!’. Ondas me destrozaron, visión borrosa, sudor, olor a sexo denso.

Después, exhaustos, whisky en mano. ‘Increíble… Nunca vi algo así’, murmuró él. Yo sonreí, piernas temblando, coño palpitante. Firmamos un pacto: nada más íntimo por ahora, subo sueldo, me quedo. Pero al amanecer, dedos en mi coño recordando Moby Dick… Quiero más.

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